Nuevamente me subieron en una ambulancia. No iba sola; a mi lado estaba la madre de los niños pequeños, tenía un estado deplorable, la cara lívida y desfigurada por el dolor. Parecía semiinconsciente porque los médicos le hablaban y ella respondía con monosílabos. Querían saber el número telefónico de algún familiar suyo; ella sólo gemía. Sentí tristeza por su familia. La tragedia los estaba separando. Sus dos hijos pequeños todavía estaban en el hospital de Punata con un grave cuadro de Traumatismo Encefalocraneal; su hijo mayor... ¿quien sabe dónde? No tenía a nadie para responder por ella o para consolarla.
Me ubicaron a su lado, yo iba en una camilla de plástico, de esas rígidas que usan los rescatistas; ella iba en una camilla de ambulancia, de mayor altura que la mía. Desde mi posición sólo podía ver su espalda desnuda, ninguna persona se había dado la molestia de cubrirla bien. Quise estirar su frazada pero su frágil cuerpo amenazó con caerse. Así que envés de cubrirla, sostuve su espalda durante todo el trayecto, presintiendo que en cualquier momento se me vendría encima.
En el transcurso de ese viaje tuve la certeza de que la ambulancia volvería a chocar. No sé porqué imaginé una y otra vez un nuevo accidente. Esta vez quería estar preparada. Por eso intenté planear una forma segura de recibir el impacto. Como ya tenía una pierna rota sólo podía contar con ambas manos y mi pierna derecha. Busqué de dónde asirme y no encontré nada. A mi derecha estaba la camilla de la señora dando tumbos de un lado para el otro. A mi izquierda sólo encontré la pared desnuda de la ambulancia. En ese momento me di cuenta que el vehículo en el que íbamos era una camioneta vieja adaptada para funcionar como ambulancia. Si chocábamos, sólo podía contar con mi pierna derecha para amortiguar el porrazo ¿Resistiría? Me vi a mi misma con mis dos piernas quebradas.
La forma de conducir del chófer tampoco me inspiraba mucha confianza. Era torpe, descuidado e iba a gran velocidad. Parecía como si no le preocuparan los escollos del camino. En cada curva yo sentía como si me desgarran la pierna, la señora también se quejaba. En un momento dado le rogué al conductor que fuera con más calma. No sentí gran diferencia, aunque debo reconocer que mi juicio estaba totalmente alterado por el dolor y la impotencia.
El camino se hizo eterno, pensé que nunca llegaríamos. Los baches sucedían a las curvas y las curvas del camino sucedían a los rompemuelles. Fueron cien rompemuelles... o mil ¡Nunca terminaban! ¿Cuántos rompemuelles pueden levantarse en una ciudad? En Cochabamba se construyen de acuerdo al criterio de los vecinos ¿No existe un reglamento al respecto? Yo sabía que sí, que se habían promulgado tres ordenanzas municipales. Pero las cosas en este país funcionan así. Cada uno hace lo que quiere. Un ex compañero de trabajo decía que eso era lo lindo de Bolivia. A mi no me hacía ninguna gracia que las personas violaran la ley. Si las personas respetaran las normas, no construirían rompemuelles innecesarios y tampoco manejarían vehículos en estado de ebriedad.
Siempre he criticado a mis coterráneos y por mi descontento siempre he querido salir del país. Esta vez, tendida en esa ambulancia destartalada, el deseo de irme se convirtió en una resolución. En ese momento crítico no consideré la futura opinión de mi familia, con lágrimas ardientes, me juré a mi misma que buscaría un país en el cual vivir con mayores garantías.
Al cabo de una hora, vi desfilar las fulgurantes luces de mi ciudad natal a través del vidrio de la puerta trasera. Me sentí ligeramente aliviada. Alguien en la cabina me preguntó a qué hospital debían llevarme. Le indiqué el nombre y la dirección; pese a que era de noche y apenas había circulación vehicular, nuevamente sentí que transcurrieron demasiados minutos. Mi desesperación no conocía límites.
Me bajaron de la ambulancia y me internaron en una habitación privada. El médico de guardia del seguro al que pertenezco vino a verme. Lo conocía con anterioridad, del tiempo en que mi esposo siempre estaba enfermo de algo. Sabía que tenía buen carácter pese a que recurría con bastante frecuencia al sarcasmo. Sin embargo esa vez me trató con mucha tranquilidad y dulzura. Me prometió que iba a estar bien; confié en él por el aplomo de sus palabras. Agradecí a los cielos que me haya tocado ese médico. Empezó a revisarme sistemáticamente mientras me preguntaba si me dolía o no. Después de revisar bien mi abdomen y mi cabeza quedó satisfecho y se dirigió a la médico que estaba parada en una esquina recóndita de la habitación. Entonces recién me di cuenta que ella era una galeno del hospital de Punata.
La doctora le remitió los cuidados que hasta entonces me habían dado. Le habló sobre el accidente y el diagnóstico de los demás pasajeros. Le contó que la mujer que venía conmigo en la ambulancia estaba bastante mal. Le dijo que no obstante la gravedad de sus lesiones, el personal de emergencias del Hospital Viedma, uno de los pocos hospitales públicos de esta ciudad, se había negado a recibirla. El chofer de la ambulancia y la médico no sabían adónde llevar a la mujer.
Así son las cosas en este país.