miércoles, 15 de agosto de 2012

El accidente (primera parte)

Resulta que soy scout. No una scout cualquiera, sino una que invierte mucho tiempo en ello. Hace casi quince años que voy de campamento dos veces al año y hace mas o menos cinco años que me ocupo de organizarlos. Una parte importante de organizar un campamento es la "visita de reconocimiento" que sirve para pedir permiso a los dueños o encargados, ver el área de camping, el suministro de agua, la seguridad de la carretera y las postas médicas cercanas por cualquier eventualidad.
En esas andaba yo y dos amigos, una amiga y un amigo para ser precisos. Tomamos un automóvil de transporte público en dirección a unas ruinas indígena (que no quiero revelar para mantener mi anonimato). Después de viajar por alrededor de tres horas por una autopista, una carretera y una camino de tierra, en ese orden, bajamos en un cruce de caminos y de ahí tomamos un sendero que seguía la ladera del cerro a través de un paisaje boscoso. La charla amena y mis cómodos zapatos hicieron que la caminata sea bastante agradable. Llegamos cuatro horas después agotados y sedientos. Hablamos con el encargado, un lugareño sumamente simpático que nos ofreció echarle un vistazo al sitio arqueológico. Aceptamos gustosos. Subimos cuesta arriba y vimos una construcción del tamaño de una cancha de fútbol, mal conservada, pero totalmente impresionante. Llegamos hasta una cascada natural y allí bebimos como si fuera el último manantial de la tierra. Después de disfrutar el paisaje y tomarnos algunas fotos volvimos hasta el museo por nuestras mochilas. Nos despedimos cálidamente y reemprendimos la marcha.
                                                              Tomada desde Devianart

Era cerca de las cuatro de tarde cuando tomamos el camino de retorno. Más allá del río, se nos presentó un infranqueable problema ¿Cómo volver a tiempo hasta el cruce si por ese sendero no pasaba ni un alma? Nos tomaría otras cuatro horas de caminata. Pese a estos cálculos, apretamos el paso; creíamos que caminando más rápido podríamos ganarle a las sombras del ocaso.
No sé ustedes pero yo creo firmemente en los designios del destino. A veces esos designios me enfrentan a decisiones difíciles y a veces esos mismos designios me traen las cosas que más deseo; como un gato que me respete o un hombre decente. Esta vez lo que más deseaba es que alguien nos recogiera. Y así pasó.  Justo después de tomar una curva, divisamos un camión imponente con el motor encendido, intuyendo que sería nuestra única oportunidad de llegar a tiempo a la ciudad, corrimos eufóricos al encuentro del bienaventurado chófer. Le conté nuestro problema y aceptó llevarnos. Fue la primera vez que me subí a una de esas cabinas, era muy espaciosa por lo que entramos cómodamente el dueño del camión, su esposa, su hijita, mis dos amigos y yo.
Como siempre que me encuentro a merced de un desconocido me puse muy condescendiente y empecé a hacer plática con nuestro chófer y su esposa durante todo el camino. Así me enteré que aunque llegáramos al cruce era poco probable que encontremos a esas horas, un vehículo que nos lleve hasta la ciudad. No me amargué preocupándome por ello, en el fondo de mí, pensé que Dios volvería a proveer.
Así seguí dándole lata a mi interlocutor, le pregunté de su vida y de su familia; de su ocupación como transportista y muchas otras cosas que ya no recuerdo porque puse mi charla en modo automático. Hablaba de cosas sin mucho interés y preguntaba por preguntar. Mis amigos, en cambio, prefirieron dormir o fingir que dormían todo el camino.
Por fin llegamos al cruce, antes de bajarnos, ofrecí al dueño del camión y a su esposa nuestras últimas provisiones en pago del favor que nos habían hecho. A cambio, el señor me indicó una casa a unos veinte metros de ahí, en la cual podía encontrar a alguien que nos trasladara hasta la ciudad. Le pregunté su nombre para usarlo como referencia, anoté su número de celular y me despedí muy agradecida.
Veloz como un rayo nos acercamos al lugar señalado y otra vez mis amigos me enviaron como emisaria ante el dueño de casa. Aplaudí y grité varias veces pero nadie salió. Ya estaba dándome por vencida cuando de repente, por el camino, divisé a una mujer acercándose. Ojalá nunca se hubiera acercado, ojalá nunca habríamos coincidido. Mil veces hubiera preferido dormir en el suelo desnudo al cobijo de una iglesia, si en ese momento habría sabido lo que a continuación venía.

viernes, 3 de agosto de 2012

Como ir hacia atrás


Hoy estoy contenta porque me toca revisión con el traumatólogo y espero recibir muchas felicitaciones por como a mejorado la flexión de la rodilla y cómo ahora logro sentarme mejor ¡Hasta puedo caminar sin bastón! Además hoy me va revisar un médico con fama de ser el más indulgente de entre los de su especialidad.
Me baño temprano, me pongo ropa limpia y salgo de mi casa esperanzada. Voy a mi fisioterapia y hago los ejercicios mejor que nunca. Incluso siento que podría botar el bastón. Cuando me despido de las agradables fisioterapeutas me voy caminando, compro mi golosina favorita: arroz bañado en chocolate y como todavía tengo 2 horas y media antes de mi cita médica decido visitar un salón de té a pocas cuadras de ahí. No muchas, cinco y media nomás. "Voy a llegar; con descansos pero voy a llegar". Así me voy caminando, como en los viejos tiempos mirando mucho las vidrieras y apurándome en cruzar las calles. No me arrebato tanto como antes, "al fin y al cabo tienen que respetar a alguien con bastón" pienso. Tardo en llegar, tardo mucho y apenas diviso una silla me derrumbo en ella. "Dos masacos de plátano maduro con queso para llevar, por favor". La cocinera, con local lleno, tarda menos de lo que espero. 
Como ya no puedo con la marcha, tomo un taxi hasta la Caja de Salud, llego bien y en hora. Una enfermera joven y paciente revisa mis signos vitales. Pulso: bien. Presión: normal.
Cuando el médico me llama por mis apellidos me incorporo lo más ágilmente que puedo. Siempre soy tan comedida con mis médicos. Con las recepcionistas también, ellas tienen mucho poder. Las enfermeras no tanto.
Ya en el consultorio, el médico revisa mis heridas y yo le voy contando cómo me va en la fisioterapia, me corta en seco y me dice que debo suspender la fisioterapia, hacerme una radiografía y empezar a usar muletas.
-¿Muletas?- pregunto extrañada.
-Sí, al menos cuatro semanas.
Entonces el médico me explica que en realidad el que está soportando el esfuerzo de la fisioterapia y de mis caminatas es en realidad el clavo y que en ocasiones los pernos que lo sujetan pueden romperse o doblarse complicando el proceso de recuperación y a veces derivando en una nueva intervención quirúrgica; algo que no deseo por nada del mundo. No quiero volver a estar botada en una cama de hospital temblando de miedo antes de entrar al quirófano.
Me frustro, me frustro jodido. Yo que pensaba que estaba a un par de días de abandonar cualquier ortopedia, resulta que ahora es peor; que debo caminar arrimada a un par de cochinas muletas. Para mí es como una involución, como ir para atrás en el tiempo, es casi como desmejorarse o recaer, es andar por la calle más tullida que nunca y soportar que las señoras me miren con tristeza y los niños curiosos. Cómo odio esas miradas.