Hoy estoy contenta porque me toca revisión con el traumatólogo y espero recibir muchas felicitaciones por como a mejorado la flexión de la rodilla y cómo ahora logro sentarme mejor ¡Hasta puedo caminar sin bastón! Además hoy me va revisar un médico con fama de ser el más indulgente de entre los de su especialidad.
Me baño temprano, me pongo ropa limpia y salgo de mi casa esperanzada. Voy a mi fisioterapia y hago los ejercicios mejor que nunca. Incluso siento que podría botar el bastón. Cuando me despido de las agradables fisioterapeutas me voy caminando, compro mi golosina favorita: arroz bañado en chocolate y como todavía tengo 2 horas y media antes de mi cita médica decido visitar un salón de té a pocas cuadras de ahí. No muchas, cinco y media nomás. "Voy a llegar; con descansos pero voy a llegar". Así me voy caminando, como en los viejos tiempos mirando mucho las vidrieras y apurándome en cruzar las calles. No me arrebato tanto como antes, "al fin y al cabo tienen que respetar a alguien con bastón" pienso. Tardo en llegar, tardo mucho y apenas diviso una silla me derrumbo en ella. "Dos masacos de plátano maduro con queso para llevar, por favor". La cocinera, con local lleno, tarda menos de lo que espero.
Como ya no puedo con la marcha, tomo un taxi hasta la Caja de Salud, llego bien y en hora. Una enfermera joven y paciente revisa mis signos vitales. Pulso: bien. Presión: normal.
Cuando el médico me llama por mis apellidos me incorporo lo más ágilmente que puedo. Siempre soy tan comedida con mis médicos. Con las recepcionistas también, ellas tienen mucho poder. Las enfermeras no tanto.
Ya en el consultorio, el médico revisa mis heridas y yo le voy contando cómo me va en la fisioterapia, me corta en seco y me dice que debo suspender la fisioterapia, hacerme una radiografía y empezar a usar muletas.
-¿Muletas?- pregunto extrañada.
-Sí, al menos cuatro semanas.
Entonces el médico me explica que en realidad el que está soportando el esfuerzo de la fisioterapia y de mis caminatas es en realidad el clavo y que en ocasiones los pernos que lo sujetan pueden romperse o doblarse complicando el proceso de recuperación y a veces derivando en una nueva intervención quirúrgica; algo que no deseo por nada del mundo. No quiero volver a estar botada en una cama de hospital temblando de miedo antes de entrar al quirófano.
Me frustro, me frustro jodido. Yo que pensaba que estaba a un par de días de abandonar cualquier ortopedia, resulta que ahora es peor; que debo caminar arrimada a un par de cochinas muletas. Para mí es como una involución, como ir para atrás en el tiempo, es casi como desmejorarse o recaer, es andar por la calle más tullida que nunca y soportar que las señoras me miren con tristeza y los niños curiosos. Cómo odio esas miradas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario