lunes, 24 de septiembre de 2012

El accidente (segunda parte)


Bueno, ya es hora de seguir relatando el accidente, aunque mis dientes rechinen cada vez que me acuerdo. Es mejor ahora que me he despertado con determinación. Es mejor que lo cuente y lo saque de mí, antes de hundirme de nuevo en la desidia.
Después de haber conseguido transporte que nos lleve de regreso a la ciudad, nos subimos al auto toyota corolla, de color azul marino. Mis amigos me mandaron al asiento del copiloto "para que le haga conversación al chofer" pero en el fondo, ellos querían tener un poco de privacidad, quien sabe para besuquearse.
No sé si fue mi instinto, un tincazo de aquellos o pura terquedad mía pero no me fui adelante, sino atrás, a incomodar a mis amigos. El chofer también se subió, no sin antes despidirse de su joven esposa y su hijita de unos pocos años. Tomamos el camino empedrado sin mucha prisa, nosotros nos sentíamos muy cansados y aún así de rato en rato mis amigos me decían "¡Hablale, hablale!" entre dientes y apuntaban con su cabeza al conductor. Yo movía mi cabeza negativamente y volcaba mi cara hacia la ventana.
Empezamos a cabecear, cuando de pronto nos detuvimos abruptamente ante las señales que nos hacía un niñito de entre 8 y 10 años parado en media calle.
-¿Están yendo a la ciudad X?- nos preguntó.
-Sí- respondió el chofer.
-Entonces, esperénme un ratito- dijo, y se perdió entre los matorrales.
No pasó ni un minuto cuando volvió a aparecer junto a otros dos niños más pequeños y una joven mujer. Ella se acomodó en el asiento del copiloto junto a los pequeños y el niño de las señas se vino a sentar junto a mi, ocupando mi lugar en la ventana.

Retomamos la marcha. Unos veinte minutos después dejamos el camino empedrado y tomamos la carretera asfaltada. "Tres horas más y estaré en casita" pensé. Luego me abandoné a la contemplación del paisaje. Aprecié verdes planicies y cerros intercalándose; vi algunos pueblos chiquititos, con colegios pintados de blanco, y uno que otro animalito.
Pronto el día dió paso a la noche y sin darnos cuenta esos verdes paisajes se convirtieron en una negra espesura.
No había forma de saber cuán lejos de la ciudad aún nos encontrábamos. Mi impaciencia crecía. Comprobé el estado de los demás pasajeros. Además del chofer, sólo el niño y yo estábamos despiertos. Mis amigos dormían en una rara posición, como si uno estuviera encima del otro y la vez estuvieran entralazados.
Me aburría terriblemente, entonces empecé a mirar la carretera iluminada a través de los faros de nuestro coche, vi aparecer las señales de tránsito y de cuando en cuando unos postes blancos que indicaban el kilómetro en el que nos encontrábamos. Cuando advertí estas postes, estábamos en el kilómetro 95, más o menos. Así que de puro aburrida empecé a calcular los segundos que nos tomaban ir de kilómetro en kilómetro. A veces me salía cincuenta segundos, a veces noventa y cinco, nunca igual, había muchas curvas en el camino que nos impedían mantener una velocidad constante.
Debo detenerme aquí un momento, empiezo a agitarme.

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