Hasta hace tres semanas, mi hueso fémur no había soldado. El médico me dijo que si en dos semanas más, las dos mitades no se juntaban, entraría nuevamente a quirófano. Esas dos semanas se han vencido anteayer. Yo he decidido darme una semana más, quiero creer en los milagros.
Como decía, yo miraba el camino con creciente optimismo. Cada vez estábamos más cerca de la ciudad. Me resistía al sueño. Llegué a ver el poste del kilómetro 79 y dejé de medir el tiempo entre kilómetro y kilómetro pero seguí mirando el reloj del tablero, los minutos apenas pasaban y yo esperaba ver aparecer en cada curva las luces de la ciudad.
Las ciudad nunca apareció; envés del fulgor de sus luces, aparecieron antes nosotros dos faroles perversos, el par de faroles que partió mi vida en dos, el antes y el después. No es que crea que nunca más volveré a tener un accidente, esas cosas pasan ¿no? Sólo que nunca hasta entonces, había vivido un momento tan dramático, tan violento, en el que la vida estuvo apunto de abandonarme.
![]() |
Tomada de: http://comprarunacasa.net/?page_id=104
|
Estábamos a punto de ingresar a una curva poco cerrada cuando vi aparecer de la nada dos faroles viniendo directamente hacia nosotros. Por su tamaño e intensidad deduje que era un auto pequeño, como el nuestro. Lo raro es que este vehículo circulaba en el mismo carril que nosotros; empecé a inquietarme.
No dije nada, abrí bien los ojos, atenta a lo que podría ocurrir. Mis músculos se tensaron y sentí que me invadía una sensación de peligro. El chófer también se puso nervioso, lo pude sentir desde mi posición. Se enderezó sobre el volante y quiso llamar la atención del otro conductor. Tocó la bocina, primero varios pitidos cortos y luego más intensamente; el otro conductor ni se mosqueó. Entonces, cada vez más exaltado, nuestro conductor intercaló entre luces cortas y largas. No pasó nada. Al borde de la desesperación, quiso evadir el inminente choque sacando el automóvil de la autopista pero justo por ahí, el destino es un amigo traicionero, existía un pequeño muro de concreto el cual, nos enteramos mucho tiempo después, fue construido para que el ganado cruce la carretera.La tragedia era inevitable. El conductor volvió a la autopista y quienes viajábamos despiertos, nos preparamos para lo peor.
Es extraño vivir una situación así de extrema. A menudo creemos que ante el peligro de muerte, vemos pasar nuestra vida en un segundo; al menos eso es lo que nos ha hecho creer Hollywood. No me pasó. No pensé en nada ni en nadie en particular, ni siquiera me resigné a mi suerte. Asistí al accidente como una testigo incrédula, fuera de mí... pero llena de asombro.
En el último segundo, antes de caer en la obscuridad, grité.
Este grito me intriga: ¿Por qué grité? Por desesperación, claro, pero... ¿Qué grité? ¿Dije algo en particular? ¿Invoqué a dios? ¿Desde dónde salió? ¿A qué sonaba? No recuerdo nada sobre este grito, fue mi amiga la que lo oyó y fue lo que la hizo caer en cuenta del peligro. Ni siquiera ella quiere hablar sobre esto.
Existe otra cosa extraña en todo esto. No recuerdo el impacto, sólo recuerdo los faroles frente a nosotros. Mi cerebro se apagó una fracción de segundo antes de que los coches colisionaran y creo que esto también les pasó a los otros pasajeros. No tenemos idea de cómo chocamos o cómo saltaron los vehículos después del impacto. Todos quedamos inconscientes.
Esta especie de apagón que vivimos, no deja de asombrarme. A lo largo de estos meses he escuchado de boca de los pasajeros o de sus familias, las profundas heridas que este incidente les ha dejado. Yo misma lo he vivido: lágrimas a toda hora; lágrimas al mes del accidente, a los tres meses y especialmente lágrimas todas las noches antes de dormir. El desánimo, los sueños arrebatados, la aversión a salir de la casa o subirse a un coche, la imagen de unos faroles furiosos que aparecen por todos lados. Y aún así, creo que todo este sufrimiento podría haber sido peor de haber vivido conscientemente el impacto. Nuestro cuerpo está diseñado maravillosamente. Los humanos somos capaces de resistir cierta cantidad de dolor y horror, más allá de este límite, nuestro cerebro se apaga automáticamente. Y creo que esto es una gran consuelo para los que quedamos vivos.
Tomada de: http://www.fitnessposters.net/
No sé cuanto tiempo habremos estado inconscientes ¿Un par de minutos? ¿Media hora? Cuando abrí los ojos escuché personas alborotadas fuera del automóvil, aunque no entendía lo que decían, sabía que trataban de rescatarnos. Llamé a mi amiga por su nombre y ella respondió diciendo que no podía respirar, le dije que se calmara y que respirara suavemente. El aire se sentía muy pesado, como si estuviera lleno de polvo, por un momento creí que nos habíamos embarrancado. Escuché a un hombre gritar "¡los de adelante están muertos!". Fue en ese momento cuando me invadió la desesperación, "si los de afuera creen que estamos muertos, nunca saldremos de aquí", pensé. Entonces golpeé el vidrio con todas mis fuerzas para que la gente de afuera nos notaran. Los otros pasajeros reaccionaron y empezaron a gemir. No existe un sonido humano tan lastimero como el de las víctimas de accidentes.
Nuestros rescatistas forzaron la puerta trasera una y otra vez pero nunca cedió. Nos gritaron algo que no entendí bien hasta que sentí estallar uno de los vidrios en la cara.
El aire entró a galopes.


No hay comentarios:
Publicar un comentario