lunes, 17 de junio de 2013

La evacuación II

Llegamos al hospital de Tiraque muy pronto. Mis amigos bajaron primero. A sabiendas de lo que me esperaba, me preparé para mi descenso. Seis varones tiraron de la manta que hacía de mi camilla improvisada. Apenas me movían, yo gritaba de dolor. Entre mis quejidos rogué a mi amiga Dori que no me abandonara, ella me dijo "tengo que irme, mi mamá se va a preocupar". En ese momento casi entendí su argumento, pero en las semanas siguientes esas palabras sellaron el fin de nuestra amistad. No era la primera vez que me dejaba a la deriva.

El hospital de Tiraque era muy pequeño y de recursos limitados. Por fuera parecía una casa corriente de una sola planta, por dentro sus paredes estaban cubiertas con cal y había manchas de humedad aquí y allá, en general daba un aspecto muy deteriorado. Si de los ocho que íbamos en nuestro coche, cinco estábamos heridos, asumo que sólo tenían disponible cuatro camillas porque a mí me recostaron en el piso de uno de los pasillos.
En el hospital todo era caos, confusión y corretear de médicos y enfermeras; también recuerdo a un hombre totalmente ebrio gritando a todo pulmón que lo atiendan ¿Sería pasajero del otro coche? Nadie me daba respuestas. Intenté llamar la atención de las persona que iban de un lado a otro pero nadie reparaba en mí; no me enfurecí, no estaba en condiciones de enfurecerme, todavía resonaba en mis oídos la voz de esa mujer diciéndome "los niños están peor que tu".
Un hombre se acercó y me preguntó que había pasado, le conté los hechos esforzándome en ser breve y clara, después le pedí que por favor me permitiera hacer una llamada muy corta desde su celular. Un par de semanas después me enteré que ese hombre tan gentil era el policía encargado de llevar a cabo las investigaciones, su benevolencia era tal, que cuando nos tocó hacer las declaraciones, fue hasta mi casa, evitándome así el dolor y la angustia de realizar un nuevo viaje.
Cuando el policía accedió, marqué el número de mi esposo, le pedí que me devolviera la llamada.  Lo escuche lloroso y asustado pero su voz me devolvió el alma. Le dije que me trasladarían al Hospital de Punata, que me esperara ahí, que de seguro necesitaría una intervención y que hiciese lo que estuviera en sus manos para ubicar a nuestro médico de confianza.
De pronto noté más movimiento y me di cuenta que me trasladarían de nuevo. Les imploré a los médicos y para médicos que me movieran con calma y aunque así lo hicieron, no sufrí menos que los anteriores traslados.
Esta vez me subieron a una ambulancia pequeña junto al hombre borracho que seguía gritando. Me negué a verle la cara. El hombre seguía alterado y alternaba entre el español y el quechua. De todas las cosas que dijo sólo entendí que no quería que lo llevaran al Hospital Viedma. Además del conductor, se subieron a la cabina un par de personas; asumí que eran familiares o conocidos suyos porque de rato en rato le contestaban.
La distancia entre el hospital de Tiraque y Punata es de 30 kilómetros. Un automóvil recorre esa distancia en aproximadamente 30 minutos a velocidad normal; en cambio a mí, el recorrido de ese tramo me pareció eterno por las cantidad de maniobras que realizó la ambulancia.
Cuando por fin sentí que avanzábamos en línea recta, me imaginé la hermosa, asfaltada y amplia avenida por la que se accede a la población de Punata. Ya sólo estaba a 50 kilómetros de mi casa.
En la puerta del hospital nos esperaba una gran comitiva. De nuevo me preparé para el descenso y finalmente vi una cara conocida entre los camilleros. Era mi esposo que trataba de dirigir a los demás, incluso increpó severamente al conductor de la ambulancia. Me pecho se inundó de ternura por él.
Me instalaron en una camilla en lo que parecía una sala de emergencia y me atendieron de inmediato. Este hospital era diez veces más grande y tenía mucho más personal. La que parecía una joven doctora cortó mi pantalón y mi blusa con unas tijeras y me quitó las zapatillas. Entretanto otros dos o tres doctores, también jóvenes, se acercaron a preguntarme que había pasado. Siempre repetía lo mismo. Pude responder casi todo excepto cuánto tiempo habíamos estado inconscientes.
Unos médicos de mayor edad se acercaron a mi camilla y me anunciaron que iban a acomodarme el hueso. Al imaginar la maniobra comencé a llorar. Debió ser un dolor indescriptible aunque no logro recordarlo.
Los médicos comenzaron a alistarme para mi traslado a Cochabamba, me colocaron una férula y me abrigaron. Mi esposo salió a buscar un cajero ya que si no pagaba, no me trasladarían. Antes de subir a la ambulancia, alguien separó la cortina que me separaba de los niños pequeños. Ellos estaban tendidos en otras camillas, parecían dormir tranquilamente excepto por las máscaras de oxígeno. Fue la última vez que los vi;  fallecieron días después por trauma encéfalo craneal.
Tiempo después mi esposo me contó que al llegar al hospital los niños miraron a los médicos con mucho desconcierto pero que no lloraron ni una sola vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario