No esperé mucho tiempo para escuchar la sirena de una ambulancia. Apenas se detuvo, un par de hombres ayudaron al niño a pararse y lo metieron en ella. Esperé impaciente mi turno, traté de mantener mi cabeza erguida a fin de distinguir la figura de los paramédicos pero la ambulancia partió enseguida. Ante mi extrañeza, alguien me dijo al oído que debía esperar a que llegue la otra ambulancia, que en comparación mía, los niños pequeños estaban muy mal, "los huesos sueldan no más" me dijo.
La otra ambulancia nunca llegó y si llegó, mis amigos y yo no nos subimos a ella. Existen muchos detalles que he olvidado, no recuerdo el rostro de ninguno de nuestros rescatistas (me gustaría mucho agradecer sus atenciones), tampoco estoy segura respecto a que este relato respete el tiempo real en el que transcurrieron los hechos. No sé cuánto tiempo estuvimos inconscientes, ni cuánto tiempo esperamos la ambulancia. No sé cómo o quién decidió el orden de traslado de los heridos, no sé en qué trasladaron a nuestro conductor, no supe la ubicación ni el estado de las personas que ocupaban el otro automóvil. Mucho de lo que sé de esos minutos fue a través de los comentarios que realizaba el gentío. Escuché por ejemplo que el causante del choque se había dado a la fuga. Escuché que todos los presentes se hallaban en un matrimonio celebrado a menos de 100 metros del accidente, ¡qué pena por los novios!, parece que todos sus invitados salieron atropelladamente de la celebración después de oír el impacto. Creo incluso haber oído que los pasajeros del otro auto habían salido totalmente ebrios de la misma fiesta. Si esto es cierto, esa fiesta de matrimonio fue muy irónica, porque de no haberse realizado, no habría ocurrido el accidente pero tampoco nadie nos hubiera auxiliado.
Una señora se adelantó al tumulto y se acercó hasta mí, ¿sería la misma que me tendió una manta? "¿Cuál es el número de tu esposo?" me preguntó diligente. Se lo di y lo llamó desde su teléfono celular. Es una lástima que la señal telefónica haya sido demasiado débil porque la señora apenas pudo avisar a mi esposo que había sufrido un accidente. Después de esa llamada, el celular calló y mi esposo condujo 50 kilómetros completamente mortificado pensando que me había pasado lo peor.
Nuestros socorristas se las arreglaron para conseguir una camioneta lo suficientemente grande para acomodar a mis amigos y a mí en la parte posterior. No quiero detenerme mucho en los detalles de las maniobras que realizaron para subirme a la camioneta, pensar en eso todavía me pone mal, sólo puedo decir que en la vida he sentido dolor semejante. Me subieron a la primero y fui recostada a lo largo de la batea, mis amigos tuvieron que ir sentados. Cuando la camioneta partió, ninguno de nosotros dijo nada, cada uno lidiaba con la angustia de sus pensamientos en silencio, hasta que Rafael, con los ojos vidriosos y expresión incrédula preguntó: "¿Qué ha pasado?". Mi amigo Rafael es estudiante de medicina de quinto año, ha trabajado como guardia de seguridad y es un antiguo miembro scout. Yo creía que por su preparación académica y física, por su vida llena de contrariedades e incluso por su condición de varón había sido el menos afectado de los tres. Hasta ese momento lo creía incapaz de caer en la desesperación pero ahí estaba él, amnésico y con ojos de huérfano preguntando qué había pasado.
Quisiera acelerar mi relato, de aquí en adelante en mi memoria sólo existen escenas de dolor. Basta decir que me llevaron a dos hospitales antes de sentirme segura en una cama de hospital. Me subieron y bajaron muchas veces, más de las necesarias. En estos hospitales fui consciente de la pobreza de mi país, de la ineficiencia del sistema de salud, de la incompetencia de los gobiernos de turno y de la farsa del sistema democrático. Me sentí profundamente defraudada de mis compatriotas y maldije la suerte de haber nacido en Bolivia.
Creo que debo detallar lo que pasó, todos deben saber las cosas que pasan más allá de lo que transmiten en la televisión. Creo que debo denunciar y alertar con la esperanza de que otros compartan mi impotencia.
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