viernes, 16 de noviembre de 2012

El accidente (tercera parte)

Por fin me he decido a retomar el relato. Esta vez lo hago desde una estado en el cual me siento más segura y tranquila y después de recurrir a muchos esfuerzos y recursos para dejar atrás este accidente. Lo estoy logrando; he retomado mi práctica budista y tres veces por semana me someto a masajes terapéuticos.
Hasta hace tres semanas, mi hueso fémur no había soldado. El médico me dijo que si en dos semanas más, las dos mitades no se juntaban, entraría nuevamente a quirófano. Esas dos semanas se han vencido anteayer. Yo he decidido darme una semana más, quiero creer en los milagros.

Como decía, yo miraba el camino con creciente optimismo. Cada vez estábamos más cerca de la ciudad. Me resistía al sueño. Llegué a ver el poste del kilómetro 79 y dejé de medir el tiempo entre kilómetro y kilómetro pero seguí mirando el reloj del tablero, los minutos apenas pasaban y yo esperaba ver aparecer en cada curva las luces de la ciudad.
Las ciudad nunca apareció; envés del fulgor de sus luces, aparecieron antes nosotros dos faroles perversos, el par de faroles que partió mi vida en dos, el antes y el después. No es que crea que nunca más volveré a tener un accidente, esas cosas pasan ¿no? Sólo que nunca hasta entonces, había vivido un momento tan dramático, tan violento, en el que la vida estuvo apunto de abandonarme.


       Tomada de: http://comprarunacasa.net/?page_id=104

Estábamos a punto de ingresar a una curva poco cerrada cuando vi aparecer de la nada dos faroles viniendo directamente hacia nosotros. Por su tamaño e intensidad deduje que era un auto pequeño, como el nuestro. Lo raro es que este vehículo circulaba en el mismo carril que nosotros; empecé a inquietarme.
No dije nada, abrí bien los ojos, atenta a lo que podría ocurrir. Mis músculos se tensaron y sentí que me invadía una sensación de peligro. El chófer también se puso nervioso, lo pude sentir desde mi posición. Se enderezó sobre el volante y quiso llamar la atención del otro conductor. Tocó la bocina, primero varios pitidos cortos y luego más intensamente; el otro conductor ni se mosqueó. Entonces, cada vez más exaltado, nuestro conductor intercaló entre luces cortas y largas. No pasó nada. Al borde de la desesperación, quiso evadir el inminente choque sacando el automóvil de la autopista pero justo por ahí, el destino es un amigo traicionero, existía un pequeño muro de concreto el cual, nos enteramos mucho tiempo después, fue construido para que el ganado cruce la carretera.La tragedia era inevitable. El conductor volvió a la autopista y quienes viajábamos despiertos, nos preparamos para lo peor.
Es extraño vivir una situación así de extrema. A menudo creemos que ante el peligro de muerte, vemos pasar nuestra vida en un segundo; al menos eso es lo que nos ha hecho creer Hollywood. No me pasó. No pensé en nada ni en nadie en particular, ni siquiera me resigné a mi suerte. Asistí al accidente como una testigo incrédula, fuera de mí... pero llena de asombro.
En el último segundo, antes de caer en la obscuridad, grité.
Este grito me intriga: ¿Por qué grité? Por desesperación, claro,  pero... ¿Qué grité? ¿Dije algo en particular? ¿Invoqué a dios? ¿Desde dónde salió? ¿A qué sonaba? No recuerdo nada sobre este grito, fue mi amiga la que lo oyó y fue lo que la hizo caer en cuenta del peligro. Ni siquiera ella quiere hablar sobre esto. 
Existe otra cosa extraña en todo esto. No recuerdo el impacto, sólo recuerdo los faroles frente a nosotros. Mi cerebro se apagó una fracción de segundo antes de que los coches colisionaran y creo que esto también les pasó a los otros pasajeros. No tenemos idea de cómo chocamos o cómo saltaron  los vehículos después del impacto. Todos quedamos inconscientes.
Esta especie de apagón que vivimos, no deja de asombrarme. A lo largo de estos meses he escuchado de boca de los pasajeros o de sus familias, las profundas heridas que este incidente les ha dejado. Yo misma lo he vivido: lágrimas a toda hora; lágrimas al mes del accidente, a los tres meses y especialmente lágrimas todas las noches antes de dormir. El desánimo, los sueños arrebatados, la aversión a salir de la casa o subirse a un coche, la imagen de unos faroles furiosos que aparecen por todos lados. Y aún así, creo que todo este sufrimiento podría haber sido peor de haber vivido conscientemente el impacto. Nuestro cuerpo está diseñado maravillosamente. Los humanos somos capaces de resistir cierta cantidad de dolor y horror, más allá de este límite, nuestro cerebro se apaga automáticamente. Y creo que esto es una gran consuelo para los que quedamos vivos.


                                             Tomada de: http://www.fitnessposters.net/

No sé cuanto tiempo habremos estado inconscientes ¿Un par de minutos? ¿Media hora? Cuando abrí los ojos escuché personas alborotadas fuera del automóvil, aunque no entendía lo que decían, sabía que  trataban de rescatarnos. Llamé a mi amiga por su nombre y ella respondió diciendo que no podía respirar, le dije que se calmara y que respirara suavemente. El aire se sentía muy pesado, como si estuviera lleno de polvo, por un momento creí que nos habíamos embarrancado. Escuché a un hombre gritar "¡los de adelante están muertos!". Fue en ese momento cuando me invadió la desesperación, "si los de afuera creen que estamos muertos, nunca saldremos de aquí", pensé. Entonces golpeé el vidrio con todas mis fuerzas para que la gente de afuera nos notaran. Los otros pasajeros reaccionaron y empezaron a gemir. No existe un sonido humano tan lastimero como el de las víctimas de accidentes.  
Nuestros rescatistas forzaron la puerta trasera una y otra vez pero nunca cedió. Nos gritaron algo que no entendí bien hasta que sentí estallar uno de los vidrios en la cara. 
El aire entró a galopes.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El accidente (segunda parte)


Bueno, ya es hora de seguir relatando el accidente, aunque mis dientes rechinen cada vez que me acuerdo. Es mejor ahora que me he despertado con determinación. Es mejor que lo cuente y lo saque de mí, antes de hundirme de nuevo en la desidia.
Después de haber conseguido transporte que nos lleve de regreso a la ciudad, nos subimos al auto toyota corolla, de color azul marino. Mis amigos me mandaron al asiento del copiloto "para que le haga conversación al chofer" pero en el fondo, ellos querían tener un poco de privacidad, quien sabe para besuquearse.
No sé si fue mi instinto, un tincazo de aquellos o pura terquedad mía pero no me fui adelante, sino atrás, a incomodar a mis amigos. El chofer también se subió, no sin antes despidirse de su joven esposa y su hijita de unos pocos años. Tomamos el camino empedrado sin mucha prisa, nosotros nos sentíamos muy cansados y aún así de rato en rato mis amigos me decían "¡Hablale, hablale!" entre dientes y apuntaban con su cabeza al conductor. Yo movía mi cabeza negativamente y volcaba mi cara hacia la ventana.
Empezamos a cabecear, cuando de pronto nos detuvimos abruptamente ante las señales que nos hacía un niñito de entre 8 y 10 años parado en media calle.
-¿Están yendo a la ciudad X?- nos preguntó.
-Sí- respondió el chofer.
-Entonces, esperénme un ratito- dijo, y se perdió entre los matorrales.
No pasó ni un minuto cuando volvió a aparecer junto a otros dos niños más pequeños y una joven mujer. Ella se acomodó en el asiento del copiloto junto a los pequeños y el niño de las señas se vino a sentar junto a mi, ocupando mi lugar en la ventana.

Retomamos la marcha. Unos veinte minutos después dejamos el camino empedrado y tomamos la carretera asfaltada. "Tres horas más y estaré en casita" pensé. Luego me abandoné a la contemplación del paisaje. Aprecié verdes planicies y cerros intercalándose; vi algunos pueblos chiquititos, con colegios pintados de blanco, y uno que otro animalito.
Pronto el día dió paso a la noche y sin darnos cuenta esos verdes paisajes se convirtieron en una negra espesura.
No había forma de saber cuán lejos de la ciudad aún nos encontrábamos. Mi impaciencia crecía. Comprobé el estado de los demás pasajeros. Además del chofer, sólo el niño y yo estábamos despiertos. Mis amigos dormían en una rara posición, como si uno estuviera encima del otro y la vez estuvieran entralazados.
Me aburría terriblemente, entonces empecé a mirar la carretera iluminada a través de los faros de nuestro coche, vi aparecer las señales de tránsito y de cuando en cuando unos postes blancos que indicaban el kilómetro en el que nos encontrábamos. Cuando advertí estas postes, estábamos en el kilómetro 95, más o menos. Así que de puro aburrida empecé a calcular los segundos que nos tomaban ir de kilómetro en kilómetro. A veces me salía cincuenta segundos, a veces noventa y cinco, nunca igual, había muchas curvas en el camino que nos impedían mantener una velocidad constante.
Debo detenerme aquí un momento, empiezo a agitarme.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El accidente (primera parte)

Resulta que soy scout. No una scout cualquiera, sino una que invierte mucho tiempo en ello. Hace casi quince años que voy de campamento dos veces al año y hace mas o menos cinco años que me ocupo de organizarlos. Una parte importante de organizar un campamento es la "visita de reconocimiento" que sirve para pedir permiso a los dueños o encargados, ver el área de camping, el suministro de agua, la seguridad de la carretera y las postas médicas cercanas por cualquier eventualidad.
En esas andaba yo y dos amigos, una amiga y un amigo para ser precisos. Tomamos un automóvil de transporte público en dirección a unas ruinas indígena (que no quiero revelar para mantener mi anonimato). Después de viajar por alrededor de tres horas por una autopista, una carretera y una camino de tierra, en ese orden, bajamos en un cruce de caminos y de ahí tomamos un sendero que seguía la ladera del cerro a través de un paisaje boscoso. La charla amena y mis cómodos zapatos hicieron que la caminata sea bastante agradable. Llegamos cuatro horas después agotados y sedientos. Hablamos con el encargado, un lugareño sumamente simpático que nos ofreció echarle un vistazo al sitio arqueológico. Aceptamos gustosos. Subimos cuesta arriba y vimos una construcción del tamaño de una cancha de fútbol, mal conservada, pero totalmente impresionante. Llegamos hasta una cascada natural y allí bebimos como si fuera el último manantial de la tierra. Después de disfrutar el paisaje y tomarnos algunas fotos volvimos hasta el museo por nuestras mochilas. Nos despedimos cálidamente y reemprendimos la marcha.
                                                              Tomada desde Devianart

Era cerca de las cuatro de tarde cuando tomamos el camino de retorno. Más allá del río, se nos presentó un infranqueable problema ¿Cómo volver a tiempo hasta el cruce si por ese sendero no pasaba ni un alma? Nos tomaría otras cuatro horas de caminata. Pese a estos cálculos, apretamos el paso; creíamos que caminando más rápido podríamos ganarle a las sombras del ocaso.
No sé ustedes pero yo creo firmemente en los designios del destino. A veces esos designios me enfrentan a decisiones difíciles y a veces esos mismos designios me traen las cosas que más deseo; como un gato que me respete o un hombre decente. Esta vez lo que más deseaba es que alguien nos recogiera. Y así pasó.  Justo después de tomar una curva, divisamos un camión imponente con el motor encendido, intuyendo que sería nuestra única oportunidad de llegar a tiempo a la ciudad, corrimos eufóricos al encuentro del bienaventurado chófer. Le conté nuestro problema y aceptó llevarnos. Fue la primera vez que me subí a una de esas cabinas, era muy espaciosa por lo que entramos cómodamente el dueño del camión, su esposa, su hijita, mis dos amigos y yo.
Como siempre que me encuentro a merced de un desconocido me puse muy condescendiente y empecé a hacer plática con nuestro chófer y su esposa durante todo el camino. Así me enteré que aunque llegáramos al cruce era poco probable que encontremos a esas horas, un vehículo que nos lleve hasta la ciudad. No me amargué preocupándome por ello, en el fondo de mí, pensé que Dios volvería a proveer.
Así seguí dándole lata a mi interlocutor, le pregunté de su vida y de su familia; de su ocupación como transportista y muchas otras cosas que ya no recuerdo porque puse mi charla en modo automático. Hablaba de cosas sin mucho interés y preguntaba por preguntar. Mis amigos, en cambio, prefirieron dormir o fingir que dormían todo el camino.
Por fin llegamos al cruce, antes de bajarnos, ofrecí al dueño del camión y a su esposa nuestras últimas provisiones en pago del favor que nos habían hecho. A cambio, el señor me indicó una casa a unos veinte metros de ahí, en la cual podía encontrar a alguien que nos trasladara hasta la ciudad. Le pregunté su nombre para usarlo como referencia, anoté su número de celular y me despedí muy agradecida.
Veloz como un rayo nos acercamos al lugar señalado y otra vez mis amigos me enviaron como emisaria ante el dueño de casa. Aplaudí y grité varias veces pero nadie salió. Ya estaba dándome por vencida cuando de repente, por el camino, divisé a una mujer acercándose. Ojalá nunca se hubiera acercado, ojalá nunca habríamos coincidido. Mil veces hubiera preferido dormir en el suelo desnudo al cobijo de una iglesia, si en ese momento habría sabido lo que a continuación venía.

viernes, 3 de agosto de 2012

Como ir hacia atrás


Hoy estoy contenta porque me toca revisión con el traumatólogo y espero recibir muchas felicitaciones por como a mejorado la flexión de la rodilla y cómo ahora logro sentarme mejor ¡Hasta puedo caminar sin bastón! Además hoy me va revisar un médico con fama de ser el más indulgente de entre los de su especialidad.
Me baño temprano, me pongo ropa limpia y salgo de mi casa esperanzada. Voy a mi fisioterapia y hago los ejercicios mejor que nunca. Incluso siento que podría botar el bastón. Cuando me despido de las agradables fisioterapeutas me voy caminando, compro mi golosina favorita: arroz bañado en chocolate y como todavía tengo 2 horas y media antes de mi cita médica decido visitar un salón de té a pocas cuadras de ahí. No muchas, cinco y media nomás. "Voy a llegar; con descansos pero voy a llegar". Así me voy caminando, como en los viejos tiempos mirando mucho las vidrieras y apurándome en cruzar las calles. No me arrebato tanto como antes, "al fin y al cabo tienen que respetar a alguien con bastón" pienso. Tardo en llegar, tardo mucho y apenas diviso una silla me derrumbo en ella. "Dos masacos de plátano maduro con queso para llevar, por favor". La cocinera, con local lleno, tarda menos de lo que espero. 
Como ya no puedo con la marcha, tomo un taxi hasta la Caja de Salud, llego bien y en hora. Una enfermera joven y paciente revisa mis signos vitales. Pulso: bien. Presión: normal.
Cuando el médico me llama por mis apellidos me incorporo lo más ágilmente que puedo. Siempre soy tan comedida con mis médicos. Con las recepcionistas también, ellas tienen mucho poder. Las enfermeras no tanto.
Ya en el consultorio, el médico revisa mis heridas y yo le voy contando cómo me va en la fisioterapia, me corta en seco y me dice que debo suspender la fisioterapia, hacerme una radiografía y empezar a usar muletas.
-¿Muletas?- pregunto extrañada.
-Sí, al menos cuatro semanas.
Entonces el médico me explica que en realidad el que está soportando el esfuerzo de la fisioterapia y de mis caminatas es en realidad el clavo y que en ocasiones los pernos que lo sujetan pueden romperse o doblarse complicando el proceso de recuperación y a veces derivando en una nueva intervención quirúrgica; algo que no deseo por nada del mundo. No quiero volver a estar botada en una cama de hospital temblando de miedo antes de entrar al quirófano.
Me frustro, me frustro jodido. Yo que pensaba que estaba a un par de días de abandonar cualquier ortopedia, resulta que ahora es peor; que debo caminar arrimada a un par de cochinas muletas. Para mí es como una involución, como ir para atrás en el tiempo, es casi como desmejorarse o recaer, es andar por la calle más tullida que nunca y soportar que las señoras me miren con tristeza y los niños curiosos. Cómo odio esas miradas.